domingo, 18 de diciembre de 2016

19-12-2001 PROHIBIDO OLVIDAR

Faltan apenas horas para que hayan transcurrido 15 años. Quince años, el tiempo en que una niña pasa de probar el ajuar de bebé a bailar el vals en una vestido soñado. Para algunos, será mucho, para otros no tanto, pero para mí, me parece que fue ayer, quizás por esta autoimpuesta obligación de no olvidar, puede ser, pero el calvario comenzó antes. En algún momento, a mediado de los noventas, me quedé sin empleo como tantos otros, y comencé un cruel derrotero de golpear puertas cerradas, de hacer colas, ser ninguneado, despreciado, descartado. Por esas cosas de los contactos y los amigos, ya que en este país el conseguir empleo la mayoría de la veces se reduce a la fortuna de las relaciones, más allá de la capacidades, comencé a trabajar para Adolfo Cid, un ser despreciable que era dueño de una cadena de locales de video-juegos en La Plata y Berazategui, entre otras localidades. La necesidad de trabajar me hizo aceptar la propuesta de trabajo, bien básica, y comencé desde abajo limpiando, literalmente, la mierda de los perros del dueño que dormían en el taller; claro que mi formación técnica y mi contracción al trabajo hizo que pronto fuese considerado para otras tareas, y en poco más de un año ya estaba al frente de su local en La Plata, haciéndole duplicar en un par de meses los ingresos mediante un control estricto de las cajas y con un recambio del personal que se fue solo cuando ya no pudieron seguir manteniendo el ingreso "extra" que el descontrol les permitió. Pronto los demás locales aplicaron mis métodos y el citado Cid enriqueció aun más su economía; pero hay algo que estoy obviando contar, en esa historia de aparentemente superación, mi sueldo. Cid hacía todo tipo de trampas con el fisco y los distintos organismos de control, trabajos en negro, subfacturaciones, jornadas de trabajo mal pagas y una larga lista de atropellos, posibilitados todos por el descontrol, la ausencia absoluta del Estado, que con su inacción terminaba avalando esas conductas abusivas, ante las cuales, los trabajadores, poco podíamos oponer, dada la disparidad de fuerzas, así, trabajar sin horarios, con una inmensa carga laboral, no tener feriados, vacaciones acotadas, vivir esclavo de un teléfono celular que irónicamente pagaba de mi magro sueldo, era mi moneda constante, porque claro, tenía miedo, mucho miedo. Cuando la década comenzaba a irse, la cantidad de gente que venía a buscar trabajo era cada vez más notable, y siempre estaba latente la posibilidad de pasar a formar parte de esa muchedumbre que golpeaba puertas sin éxito, como yo muy poco tiempo atrás.
Cuando la economía cayó rápidamente en picada, Cid se valió de la situación para reducir sueldos y personal, para hacer que su reinado del miedo sea más efectivo. Para esa época, ya en La Plata, contaba con dos salones de juegos y un bar con pooles en el centro de la ciudad y yo estaba a cargo de todos ellos, habiendo abandonado la facultad por no poder hacer frente a la demanda horaria, viviendo a mil una vida sin vida, además, comencé a hacer todo tipo de maniobras dilatorias para evitar que ponga a mi nombre uno de los salones, como ya lo había hecho, bajo amenazas, con otros salones y sus encargados, también creó una sociedad fantasma, "expendoras sur srl" con un muy conveniente capital social mínimo, puso a sus sobrinos al frente de algún negocio, nos hizo renunciar masivamente a los empleados para aparentar un nuevo negocio y mil cosas más movido por su accionar inescrupuloso y su avaricia. El sueldo era una miseria, recuerdo que cuando comenzaron los saqueos cobrábamos por día, $13 los cajeros y $15 yo, aún cuando solamente en carga horaria casi duplicaba a cualquier cajero. Teníamos miedo, angustia, incertidumbre. Por suerte el grupo de trabajo era muy bueno, y pudimos llevar esos días aciagos de la mejor manera posible, aguantando todos los atropellos, tratando siempre que haya un mañana, pero la situación no daba para más, todos los días no menos de cinco personas se acercaban a rogar por trabajo, personas que venían con sus hijos en brazos, padres, madres, gente que lloraba, que precisaba medicamentos, comer o dar de comer, y a cada uno de ellos sistemáticamente les dije que no, que no había trabajo, cerrando los ojos al verlos irse derrotados, sintiéndome un paria, un insensible, una escoria. Pero no solo el Estado nos abandonó a los designios de Cid, en los 10 años que terminé trabajando en esa cárcel, jamás vino alguien de algún sindicato a preguntar por nuestro derechos, mentira, vino el viejito del sindicato de trabajadores de entretenimientos y afines a controlar el pago de alguna cuota sindical mal liquidada. Estábamos librados a nuestra suerte. En algún momento teníamos que trabajar con alguien en la puerta que diese el aviso de que venía alguna turba con suficiente antelación como para bajar las persianas y aguardar adentro temerosos que pasaran. Los celulares traían los mensajes de los comerciantes cercanos en una improvisada red de vigilancia. Vimos de todo. Lloramos por gases lacrimógenos arrojados para dispersar alguna marcha. Alguna vez una persona mayor se contorsionaba al límite de sus fuerzas para escapar del intento de aprehenderla de varios policías cansados, pobres contra pobres al fin y al cabo.




Por esas trampas de la memoria no recuerdo si llovía el 19 o el 20, lo mismo da, sí que esa noche llegué a mi casa envuelto en llamas, ni siquiera el festejo del cumpleaños de mi madre me había traído sosiego a una jornada marcada por una recaudación tan exigua que no había podido cobrar mi mísero jornal ( a esa altura eran ya $17), evidentemente la cama no me iba a contener y las primeras imágenes de las movilizaciones me pusieron en mi mano una cacerola y me fui solitario en busca del centro de la ciudad batiendo mi bronca por la avenida 13. La gente estaba en los balcones, en las ventanas, recuerdo sí, que hacía calor, agobiante, húmedo y aun no habíamos sufrido el "castigo de contar con un aire acondicionado", la gente salía a tratar de encontrar un poco de brisa fresca de la noche y me veían pasar solo, golpeando la cacerola que pronto comenzó a deformarse ya que era de mala calidad y era mucha la bronca, algunos me vitoreaban, otros traían sus elementos y también los batían desde sus departamentos, pero en algún momento eso no me resultó suficiente, a los gritos les comencé a pedir que se sumen, y vinieron, vaya si vinieron, en plaza Paso ya éramos una columna considerable, no nos conocíamos, casi que ni nos hablábamos, solo cantar y batir nuestro descontento. Olvidé mirar para atrás, pero en alguna esquina, mientras espera a alguna nueva columna que quería unirse a nuestra marcha, miré sobre mis pasos y me dí cuenta que eramos muchos, cientos, y golpeé mas fuerte mi desvencijada cacerola. Alguno se acercó a preguntarme a ver a donde íbamos, creo que yo debería parecer el más loco de todos y cuando uno está enloquecido también, sigue al más exaltado, por eso la pregunta, -A donde esté el ruido- le contesté sin reparar en quien era, y cuando la veintena que venía por calle 46 se nos unió, reemprendimos la marcha, cada vez más numerosa hasta la plaza Moreno y de allí a 7 y 50 a fundirnos con todos los que ya expresaban su bronca un poco antes que llegásemos. Recuerdo que me saludé con cientos de conocidos, gente que nunca imaginé verlos allí; en algún momento la policía con extraños buenos modales se nos acercó para pedir que no quemásemos los neumáticos que habían acercado manos amigas. Y la noche se consumió sola junto a nuestras voces ya disfónicas a la madrugada, llegué a mi casa y me prendí a la televisión que tiraba más nafta al fuego que era el país, las versiones eran las más dispares, hasta algún suicidio había dando vueltas, el estado de sitio, esparcido por cadena nacional solo nos daría más ímpetu para salir al otro día con más fuerza a pelear por lo nuestro, a no rendirnos, a decir una vez más acá estamos.
Confieso que no sabía bien contra que peleaba, creo que contra mis monstruos internos, los pies descalzos, la marginación y todas esas otras imágenes que atormentarían mi infancia, salí a marchar contra todos los Adolfo Cid del país, carroñeros inescrupulosos de los lamentos ajenos, estafadores, ladrones; garcas.
Miro hacia atrás y no puedo evitar llorar, por el recuerdo, por la impotencia, por ser testigo de una nueva avanzada de los Cid de esta patria. Miro hacia atrás y no puedo comprender como los que nunca deberían volver están allí de nuevo y más fuertes. Miro hacia atrás tan solo para seguir aferrado al compromiso inclaudicable de no olvidar.

NO SE OLVIDEN DE ESTO:


Jesús Gabriel Maldonado

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